LOS
MONJES ARTILLEROS
DEL
MONASTERIO DE SANTA MARÍA LA REAL DE OIA
Los
avances en los medios y métodos de la navegación marítima de los
musulmanes, a finales del siglo XVI y principios del XVII, permitió
a sus flotas corsarias ubicadas en las plazas del norte de África,
principalmente Argel, Túnez y Trípoli, y a los barcos pirata,
alcanzar zonas de navegación hasta entonces desconocidas, entre las
que se encuentran la costa portuguesa y gallega.
Durante
el siglo XVII corsarios y piratas musulmanes (moros, turcos y
berberiscos) van a acosar y atacar barcos y pueblos de estas costas,
lo que lleva a sus habitantes a la necesidad de proveerse de medios y
procedimientos de defensa. Entre los primeros se encuentran, entre
otros, el uso de las piezas de artillería para la defensa de la
costa y entre los segundos están, por ejemplo, los turnos de
vigilancia en los fachos, para avistar con antelación al enemigo y
dar la señal de alarma.
Las incursiones de corsarios y piratas en la costa entre Bayona y La Guardia da lugar a que el Monasterio de Santa María de Oya se convierta en una fortaleza armada, y esto, por su ubicación y por disponer de una pequeña ensenada con una playa que facilitaba el refugio y, en su caso, el desembarco. La Corona otorga al Abad del monasterio el rango de general y le asigna el mando de la defensa local. Sus monjes realizaran labores de vigilancia de la costa y serán los sirvientes de las piezas de artillería que se encontraban asentadas en la plaza de armas del monasterio orientadas hacia el mar.
Escuadras
corsarias musulmanas se internaban en las rías gallegas, atacando a
las embarcaciones y a las poblaciones, plantaban
fuego a las iglesias, tras haberlas saqueado, mataban a unos y
capturaban a otros para posteriormente venderlos como esclavos.
A
la vista de las embarcaciones invasoras, en 1621 el Abad de Oia
solicita ayuda al Capitán General de Galicia Rodrigo Pacheco Osorio,
tercer Marqués de Cerralbo. En respuesta a su petición, el Capitán
General ordena entregar a los monjes varias piezas de artillería,
probablemente procedentes de Bayona que era ciudad de realengo. Junto
con las piezas de artillería, al monasterio se le asignó una
dotación de arcabuces. Los propios monjes eran los que se dedicaban
a mantener las piezas y a actuar como sus sirvientes en fuego.
En abril de 1624 un navío francés y otro portugués se dirigían a la ensenada del Monasterio de Oia huyendo de cinco naves musulmanas que intentaban darles caza. Las campanas del monasterio tocaron a arrebato convocando a los paisanos de la localidad a la defensa.
En
el monasterio se encontraba el hermano Anselmo, un monje que había
ostentado el empleo de capitán en los Tercios de Flandes. Debido
a su experiencia militar fue él quien asumió la dirección de la
defensa. Cuentan que, cuando llevaban disparados quince cañonazos
sin dar ninguno en el blanco, el hermano Anselmo gritó mientras
salía el décimo sexto disparo: “¡éste
va en nombre de la Virgen de Oya!”. Los
monjes
vieron
que uno de los navíos turcos había sido alcanzado y hacía aguas,
naufragando al poco rato y llevándose consigo al fondo del mar a la
barca que navegaba a su costado.
Murieron
37 turcos y 9 fueron presos por los monjes cuando alcanzaban a nado
la costa. Los demás navíos atacantes, viendo la suerte que habían
corrido sus compañeros, dieron media vuelta y se batieron en
retirada. Esta
hazaña llegó a oídos del Rey Felipe IV, que los premió otorgando
al monasterio el nombre de “Santa María la Real de Oia”.
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