martes, 27 de agosto de 2019

LOS MONJES ARTILLEROS DEL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE OIA


LOS MONJES ARTILLEROS
DEL MONASTERIO DE SANTA MARÍA LA REAL DE OIA

Los avances en los medios y métodos de la navegación marítima de los musulmanes, a finales del siglo XVI y principios del XVII, permitió a sus flotas corsarias ubicadas en las plazas del norte de África, principalmente Argel, Túnez y Trípoli, y a los barcos pirata, alcanzar zonas de navegación hasta entonces desconocidas, entre las que se encuentran la costa portuguesa y gallega.

Durante el siglo XVII corsarios y piratas musulmanes (moros, turcos y berberiscos) van a acosar y atacar barcos y pueblos de estas costas, lo que lleva a sus habitantes a la necesidad de proveerse de medios y procedimientos de defensa. Entre los primeros se encuentran, entre otros, el uso de las piezas de artillería para la defensa de la costa y entre los segundos están, por ejemplo, los turnos de vigilancia en los fachos, para avistar con antelación al enemigo y dar la señal de alarma.

Las incursiones de corsarios y piratas en la costa entre Bayona y La Guardia da lugar a que el Monasterio de Santa María de Oya se convierta en una fortaleza armada, y esto, por su ubicación y por disponer de una pequeña ensenada con una playa que facilitaba el refugio y, en su caso, el desembarco. La Corona otorga al Abad del monasterio el rango de general y le asigna el mando de la defensa local. Sus monjes realizaran labores de vigilancia de la costa y serán los sirvientes de las piezas de artillería que se encontraban asentadas en la plaza de armas del monasterio orientadas hacia el mar.

Escuadras corsarias musulmanas se internaban en las rías gallegas, atacando a las embarcaciones y a las poblaciones, plantaban fuego a las iglesias, tras haberlas saqueado, mataban a unos y capturaban a otros para posteriormente venderlos como esclavos.

A la vista de las embarcaciones invasoras, en 1621 el Abad de Oia solicita ayuda al Capitán General de Galicia Rodrigo Pacheco Osorio, tercer Marqués de Cerralbo. En respuesta a su petición, el Capitán General ordena entregar a los monjes varias piezas de artillería, probablemente procedentes de Bayona que era ciudad de realengo. Junto con las piezas de artillería, al monasterio se le asignó una dotación de arcabuces. Los propios monjes eran los que se dedicaban a mantener las piezas y a actuar como sus sirvientes en fuego.

En abril de 1624 un navío francés y otro portugués se dirigían a la ensenada del Monasterio de Oia huyendo de cinco naves musulmanas que intentaban darles caza. Las campanas del monasterio tocaron a arrebato convocando a los paisanos de la localidad a la defensa.

En el monasterio se encontraba el hermano Anselmo, un monje que había ostentado el empleo de capitán en los Tercios de Flandes. Debido a su experiencia militar fue él quien asumió la dirección de la defensa. Cuentan que, cuando llevaban disparados quince cañonazos sin dar ninguno en el blanco, el hermano Anselmo gritó mientras salía el décimo sexto disparo: “¡éste va en nombre de la Virgen de Oya!”. Los monjes vieron que uno de los navíos turcos había sido alcanzado y hacía aguas, naufragando al poco rato y llevándose consigo al fondo del mar a la barca que navegaba a su costado. Murieron 37 turcos y 9 fueron presos por los monjes cuando alcanzaban a nado la costa. Los demás navíos atacantes, viendo la suerte que habían corrido sus compañeros, dieron media vuelta y se batieron en retirada. Esta hazaña llegó a oídos del Rey Felipe IV, que los premió otorgando al monasterio el nombre de “Santa María la Real de Oia”.

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